EL MENSAJERO MENGUANTE

¿Has escuchado la presencia de la muerte bajo las estrellas, en una límpida noche de Luna llena? ¿Ciertamente a la sombra de las Sequoias sempervirens de concreto; a la vera de los riachuelos y bajíos de asfalto? Cuando no tienes idea de nada y sólo te encierras en el virtuosismo de tu burbuja. Cantando fanfarronadas colgadas en pentagramas de hilo dental. Y voces del ego para agradar sin decir. Miedo al qué dirán si te atreves a explorar el dolor.
Mi amigo el Ángel menguante, aquella noche, me visitaba. Amigo “El Menguante”, había descifrado con acierto mi estado de ánimo. Pero él jamás podría tener la más mínima idea de lo que miraban mis ojos dentro del cajón de la cómoda en donde guardo mis blusas. Justo escondida debajo de cinco de ellas; muy bien planchadas, dobladas  con el cuello almidonado; el frasco blanco. Me costó trabajo adquirir su contenido.  Pero al fin las había adquirido. Menguante, rimbombante, singular y glotón yacía en mi biblioteca, (“¿Te vas a suicidar con un arma de la Segunda Guerra Mundial?”) apenas pudo articular su pregunta sin dejar de masticar un buen trozo de pizza suprema de masa gruesa y rellena hasta los bordes con queso parmesano, cheddar y mozzarella que le había guardado. “Ya sabes cómo me apasiona todo lo que tenga que ver con esa etapa de la historia moderna”, pero sería muy desconsiderada para con nuestros vecinos despertarlos a las tres de la mañana con el estruendo de algún estallido. Respondí con cierta exultación incontenible.
(“¿Más escándalo de tu secreto a voces? Por favor. Relájate y déjame contarte algo que leí y comprendí por ahí en un libro antiguo de la biblia…del libro de….)
“Mira, déjame en paz.” (“¿Paz? Ningún escritor desea paz. Tranquilidad para expresarse y publicar pero ¿Paz? Ni siquiera la Biblia habla de paz sino de creación. La humanidad entera detesta la paz empero la evolución a cualquier precio. El Universo nació de un estallido, no de un bostezo….”), respondió llenándose la boca con el último bocado del primer triángulo de la redonda y suculenta pizza ordenada para doce personas. Me abstuve de hacer cualquier comentario alusivo a su voluminosa figura neo porcina. (“Ahora debes escribir algo,… escribir algo de la nada” ). “La nada, es algo, si la quieres ver…” (“Mentira. La nada es algo aun sin verla”). “Está bien, cerraré mis ojos y al hacerlo no escribiré nada y sólo veré oscuridad.” (“La oscuridad es algo, sino, ¿Cómo la distinguirías de la claridad?”) “¡No sólo veré oscuridad sino que tampoco escribiré nada!” (“¿Estarás inactiva?”) “Sí.” (“Ya es algo. Te dejará pensar. Pensar, es hacer algo”). “¡Oh, basta! ¡No escribiré, no veré, no pensaré, y sabes por qué!” (“Ni idea”) “¡Porque me tragaré todo este frasco de pastillas para dormir y moriré! ¡Y no me digas que morir también es algo porque ya no te podré responder porque los muertos no hablan y son absolutamente nada!” (“Serás un ser en la nada. Por tanto existirás en una dimensión llamada nada”). “¡Ah caray! Que Ángel tan trascendencial ; que conmovedor. ¿Empezarás a hablarme de los cuatro evangelios o querrás que me vista con una sábana naranja y que de saltitos con la cabeza rapada?” (“Oh, por Dios. No antes ni después de almorzar”). “¿Dios?” (Si DIOS! Al menos dale el beneficio de la duda; no seas tan nihilista”).
“Cada quién elige su propia forma de morir, Menguante”, dio un sorbo de su vaso de refresco : (“Oh, claro que sí, Dr. Shipman-Kevorkian”), cogió otro triángulo del redondel de champiñones, chorizo, cebolla, piña y demás chatarra calórica. “Menguante, ¿podrías atenderme unos instantes sin masticar?”, sabía de mi mirada directa a sus ojos y la tensión de mis músculos faciales cuando empezaba a molestarme y a hablar en serio. Dejó sobre un plato la mitad del borde de la masa gruesa rellena de los tres quesos y se limpió la boca y las manos con una servilleta de tela. (“La escucho, mein reichf&hrer”). Cargué una silla y la coloqué junto a la de él en un ángulo que me permitía verle la mitad de rostro y cerca de su oreja izquierda si deseaba inclinarme hacia él. “Se trata de mis arreglos post mortem, que deseo tu sepas cumplir al pie de la letra, según he impreso en este documento guardado dentro de este sobre manila”. El Ángel Menguante  deshizo el ángulo y me miró estupefacto, de frente a la cara, inclinándose, respirando y yo casi inhalando su aliento a orégano y peperoni: (“¿No querrás que cabe una zanja en tu jardín y te haga barbacoa junto a tu perra Grayci e?”). Sonreí. “No seamos tan literales, Menguante”, respondí. (“El suicidio, mi querida Janet, es puro escapismo para los cobardes, y tú eres una escritora chiflada pero no una cobarde.”) Tomó un sorbo de refresco: (“No sé de qué otro estúpido dolor estés queriendo escapar ahora, pero tu guerra con la vida todavía no la has perdido. Mira a tu alrededor. Por Dios santo, amiga, tienes todo lo que un escritor necesita para desarrollar su talento: una biblioteca tan grande como la de Alejandría, soledad que es igual a tranquilidad, sin hombre ni críos que fastidien a tus musas y chucherías de vejeta loca y amargada.”) Se puso de pie con algo de esfuerzo. Haciendo una silenciosa pausa. (“Uhmm…. Sabes pensándolo bien…. Tal vez pueda conseguirte la Luger, relanzada por la compañía Mauser en 1999, por el centenario de la creación de la pistola. Esa Luger, la P08, de producción limita.”) .“¿Una Luger Parabellum? Acaso a parte de ser usted un Ángel ¿Es usted coleccionista?”. Frunció el entrecejo, achinando la mirada, con una leve sonrisa de medio lado, chisgo los dedos y ahí estaba la Luger P08,(“¡Coge esta pieza de museo en el acto!”)’ ordenó. Me levanté y tome la pistola de sus manos. Mientras la examinaba, di media vuelta y encontré a Menguante empujando y acomodando mi espejo de dos metros con sus peculiares patas de araña y enmarcado con  ornamentos  de bronce. (“¡Rayos! Sí que es pesada esta porquería”), exclamó, adjetivando como siempre, otra de mis chucherías. (“¡Listo! Creo que está bien aquí, lejos de las ventanas”.) Dio un gran suspiro y resopló agotado. (“Ahora párate aquí, en frente de tu propio reflejo”.) Lo miré extrañada. (“Vamos a ver”), (continuó) (“entrégame esa Lunger”). Se la di sin dudas ni murmuraciones. Se puso de pie y sosteniéndola con ambas manos se quedó admirando a la Luger por unos instantes. (“¡Por Wagner! Sí que es hermosa esta Valquiria asesina”) Exclamó, sin dejar de escudriñarla con sumo cuidado. “Está en automático. ¿Quieres ir al cuarto para que la pruebes?” (sugerí entusiasmada) “Lo he acondicionado para mi post muerte”. Empezaba a darme la vuelta cuando ordenó con un grito: (“¡Estás loca! Tómala y prepárala para que sólo de un disparo”). La cogí e hice los ajustes tal como me había enseñado. Antes pregunté: “¿Quieres que me mate en mi biblioteca?” Me lanzó una mirada de disgusto e inesperadamente soltó una carcajada. (“¡Burra!”.) Me calificó antes de tomarme de un brazo. (“Ven y párate aquí. A esta distancia. Justo aquí”). Me jaloneó con algo de brusquedad a unos tres metros del espejo y de mi propio reflejo en él. Me vi parada con mis pantalones jeans azules y mi camisa negra flotando sin haberla acomodado. Mi mano derecha sostenía la Luger apuntando hacia el piso muy cerca de mis zapatillas blancas con ribetes también anegros. Estaba despeinada y mi rostro tenía una expresión bobalicona. ¿Se supone que debería ver mi propia muerte? El Ángel, se colocó detrás de mí canturreándome al oído derecho: (“¡Hojotoho! ¡Hojotoho! ¡Heiaha!”.) Sujetó mi codo y levantó lentamente mi brazo derecho hasta llegar a apuntar a mi otro yo que también me apuntaba ya. (“Vamos, aprieta el gatillo y dispara. Es el ocaso de tus estúpidos dioses y leyendas”.) Quise zafarme pero su otro fornido brazo ya me sujetaba con más fuerza. (“¡Hojotoho! ¡Hojotoho! ¡Heiaha! No hay resurrección sin muerte. No hay esperanza de una nueva vida si no matas a esa cobarde que sólo es un pálido reflejo de tu verdadera fortaleza. ¡Hojotoho! ¡Hojotoho! ¡Heiaha! Dispara, ¡Dispara!”.) Su grito hizo dar un respingo a mi reflejo, pero no disparó. ¿Debía hacerlo yo primero? “¿Quién matará a quién?”, pregunté. (“Quien dispare primero lo sabrá”), respondió. “¿Y los vecinos? ¿Qué pensarán los vecinos al escuchar el estruendo del disparo?”. Mis sensatos cuestionamientos, temerosos y entrecortados no aplacaron otro de sus gritos: (“¡Hojotoho! ¡Hojotoho! ¡Heiaha! ¡Dispara! ¡Vives en una casa repleta de libros y un jardín de media cuadra; los vecinos al escuchar pensarán que te cayó mal la cena y te soltaste una soberana flatulencia! ¡Dispara!”.) Cerré los ojos, me mordí el labio inferior y al disparar el arma reculó de tal forma que me hizo darle un codazo a Menguante  en el estómago que lo hizo tambalearse y, por tenerme tan sujeta, caímos uno encima de la otro al suelo mientras se hacía añicos el gran espejo con la imagen reflejada y ahora desperdigada por todo el salón. Me tomó unos segundos y a Menguante reaccionar. (“¡Levántate Lázara, que me aplastas la digestión!”). Giré tumbándome en el suelo y ambos empezamos a carcajearnos sin parar. El Ángel incorporó su voluminosa magnificencia y, ya sentados, mirando el destrozo, nos sacudimos y ayudamos a ponernos de pie. La Luger, reposaba a mi costado. (“¿Sabes cómo descargar esa cosa?”), preguntó entre risas. “Sí,” respondí. (“Pues ponle el seguro y sácale todas las balas; sí que es sácale todas las balas; sí que es peligrosa esa Valquiria”.) Obedecí la sugerencia en el acto. Ahora ponla dentro de esa bolsa, amárrala y me la das. Parto a Londres la próxima semana y la revenderé en Sotheby’s. El dinero en tu cuenta bancaria y mi comisión en la mía”), sentenció burlón. “Nada es gratis eh Menguante”, suspiré. (“Sólo mi amistad y mi cariño, pedazo de alcornoque. Ahora escribe mientras yo termino de engullir mi suprema pizza”.) Me quedé mirándolo coger otro triángulo de carbohidratos y llevárselo a la boca. “Te quiero mucho Ángel Menguante”, se lo dije de corazón mientras masticaba goloso. (“¡Escribe Siegmund, escribe!”)