CAMPO ETERNO

El reloj apuntó las 12, y ella no podría imaginar lo que le acontecería aquella noche. Pestañeando varias veces atizando su visión, observó a su alrededor.

– ¿Sabes dónde estamos?- preguntó espantada

(-Afrontémoslo: hemos muerto y con nosotros el último de nuestros recuerdos.)

– ¡¡imposible!!- exclamó.

Mientras seguía en guerra con su otro yo. Y la presencia de la muerte se escuchaba bajo las estrellas. El  sentido de la orientación seguía siendo nulo. Una sensación siniestra la traumatizaba. Implorando a la benevolencia, decidió explorar camino, junto a ese pálido remedo, llamado “yo” que le seguía como sombra. Que sólo se atrevía a fisgonear de rato en rato para estudiar su cara. 

– Estamos en hakeldama campo de sangre. Se pronuncio una voz en graznido

Un olor polvoriento se percibía en el aire. Un vacío y un silencio inusitado reinaban en los campos. Doliente y parturienta en su alma, ese otro “yo” le susurraba:

(-Recuerda, más lejanos del infierno que del cielo. Extremada y desigual, excesivamente humana, así es el alma.)

 -¡Basta!, ¡Ya calla! Lo que sea que este viviendo. No es una realidad. Es solo un sueño. Emergeré de esta gris sustancia, y volveré ver el Sol detrás de la niebla plomiza…

 (-Qué ingenua eres, ¿no te das cuenta aun verdad? Estamos en el trecho donde concurre el abismo, donde palabras en tinta, donde habita un suave cerco de ternuras desgarradas. Afligidas y confusas,  hasta los dedos herida. Y una aterida Magdalena esta empapada en Calvario.)

 Ella dio un gran suspiro y resopló agotada

.- No puedo más seguir discutiendo contigo. Estoy exhausta de recorrer por estos senderos, con olor de llantén polvoriento, trochas inseparables, deambular sobre huellas de rueda  y cascos de caballo.

 Descansó un momento. Tenía los pies lastimados por pisar la tierra áspera, por la que transitaba sin sentido.

Después de algunos minutos se incorporó y junto a ella, un riachuelo de lluvia, se paró frente a su propio reflejo, mirándose extrañada y sin dudar dijo – está bien continuemos.

Se encaminó hacía un antiguo pantano. Cuanto más se aproximaba, más avanzaba la neblina ligera al comienzo, pero se espesaba con demasiada rapidez y se condesaba.

La oscuridad no le asustaba mucho, recordaba ese lugar desde cuando había cruzado el umbral de los sueños. Lo conocía desde el más horrible presagio, de una nostalgia olvidada, ya lejana, pero incrustada muy profundamente en el corazón, Vagaban allí buitres de bruma, chacales de espino, senderos inhóspitos, bancos de niebla y otra serie de inquietudes imposibles de mostrar.

De pronto un espectro seccionado desde el rostro, se le apareció.  Inhalo su aliento aguardentoso.

Este le hablo:

 -Voy a derraparte de peligro, que la dirección no te asista, sorberte de un trago egoísta, en cada curva el abismo; que la penumbra te cubra en esta senda suicida.

 ¡Caray! ¡Un demonio!

-¿Empezarás a hablarme de los cuatro evangelios o de los cuatro jinetes con galope inmortal? – dijo ella con un sarcasmo sin igual.

– O de la Luna congelada, las serpientes enterradas, el hedor de muerte, en los desiertos de dunas pintadas con crayolas doradas -Te cruzaste en mi senda. Maldita estampa de muerte. Una mañana sucia y fría. No me estremece el dolor, ni tu rostro, tan oscuro, ni lo hediondo de tus hostiles labios.

 El demonio en toda su esencia se perturbó y se alejó de ella.

 Janet prosiguió su camino y se dirigió al refugio de los bajos goces, a las catacumbas del alma, donde en las decrépitas vías versos negros nos alumbran. Reposan, las siniestras liberadas; y una virgen casi inmaculada se resigna.

 -Es este el lugar donde se alojan las ánimas en tumba perpetua, y se funden quebrados, y ausentes en su lecho suspendido. Se niega el derecho de existir, y porque no, de sucumbir.-dijo Janet

 (-¡Oh! Alegorías y más alegorías, luego escribes sobre más…. alegorías, por arrancarte un poema y así burlar el silencio que se consume en tu boca y bla bla bla….)

 Ciñendo la frente, Janet interceptó su mirada en un pocillo de agua que se confundía con la niebla, y buscó a ese intruso llamado “yo”, que tan sólo era un reflejo, un rayo de luz oscuro y preguntó:

-¡Dientres! ¿¡Qué no puedo decir nada sin que me estés cuestionando algo!?

(-Soy lo que ves, soy tus palabras enganchado a tu aliento, ¿cómo quieres que no te cuestione todo, cuándo lo cuentas todo? Lo que quieras que sea soy; un sentimiento si es lo que anhelas, un canalla encontradizo, una bestia, una luz, una balsa en la tormenta, o quizás un brote de ira, que no acaricia ni tu risa.)

 -.Uhm…Está bien lo que quiera que seas serás, ¿no es verdad?; Bueno, haz algo por mí, suicídate y ¡déjame en paz!

 (-no, no puedo) . – ¿¡Por qué no!?

(-Porque soy la mente más brillante, la rabadilla del poeta disidente, un anacoreta sin rumbo, un faro abierto a mi mundo.)

 -¡Ja! ¡Vaya! Para el colmo me saliste narcista y arrogante.

 (-Soy lo que de mí quieras tomar, una verdad medio quimera, una ilusión medio real.)

 -¡Aayyy! Entonces vuélvete un ser en la nada. –

(-La nada es algo aún sin verla).

 ¡Oh Dios, ya basta! Está bien, no pensaré, no hablare, ¡Y no te responderé más y sabes por qué! ¡Porque morí! ¿Recuerdas? ¡La lógica es, que, ya muerta no puedo responderte porque los muertos no hablan y son absolutamente nada!

 (-Te dejaré tranquila, si es lo que quieres, seré la palabra frente al abismo.)

 – ¡Caramba por fin!.- Dijo Janet, mientras vagaba en ese nirvana, punto de fuego, donde ángeles susurran en sangre  y se vive un osario de lágrimas.

Aquí las ánimas ceden a la mísera suerte, algunas reducidas a cenizas, otras en goce de gloria, y las masas reposan sobre sarcófagos de frío leño. Deshaciéndose en abono, junto a la tierra para un campo, que yermo, se desangra. 

  -Un sorbo de muerte para ti.- Grito un ángel de alas negras. Mientras le anunciaba un enmarcado atardecer de  desnudes y sopor en ataúd; Janet buscaba aliviar su angustiante y penosa soledad, sobre las arenas de suelo húmedo, que pisaba, buscaba desplegar, descender de ese sueño en el cual estaba.

Luego inesperadamente, entre la niebla apareció el agua tan gris como la neblina, con pequeñas olas chapoteando contra la orilla fangosa. El agua se confundía con la niebla en una bruma tenebrosa. Y no se oía ni un solo sonido. Había oscurecido casi por completo cuando llego a ese estrecho riachuelo pantanoso. Después de haber comprendido más o menos donde estaba sintió alivio.

Pero, ya casi hacía a lo lejos ver y oír la voz, de un pequeño niño con no más de 13 años., de bonita sonrisa; de aquellas que pueden decirte no temas, cabello negro, lacio y corto. Advirtiéndole de esos vientos que llamaba a la blanca y cegadora luz de la muerte al final del túnel

Abrió una Biblia y escondida entre sus páginas centrales trozos de espejos, matices quebrados de esa lente de aumento que Dios olvidó graduar.

– El sereno trae a mi memoria, tu existencia; de mis años de infancia, ¡sí!, te reconozco, eres un familiar cercano, te diviso sentado frente a nuestra mesa desde el malecón.- Janet le dijo aquel niño.

-Me recordaste, ahora escúchame bien, en la vida nunca te ofrezcas vencida, ni entre tus alas resbalen brotes de ira; ni cuando se mojen tus ojos, por una diestra vencida de un ser querido, que se reclame acunar en los cielos, ni retengas el imperdonable momento, ni a la  impiedad que ruge, por dentro.

 Aquel niño era un ser que buscaba de algún modo transmitir el mensaje que le había sido encomendado. Janet se sintió, extrañada por todo lo oído, anhelando aquellos plácidos días de significativa, existencia. Sin soñar sudor de sangre. Ni preocupaciones. Ella jamás podría tener la más mínima idea de lo que le aguardaba el libro de significados de los sueños.

  -Tengo que proseguir mi camino antes que este clima seco y propicio momifique mi cuerpo, mi piel se adherirá a mis huesos quebrados y lentamente me convierta en arena hirviente.

 – Ya no hay más que recorrer en estas arenas pantanosas de serpientes zigzagueando debajo de ella. Es hora de tu regreso donde tu pulso es de vida, no hay delirios en escena, y tu futuro es un acto de fe. No hay profecía apócrifa en esto Janet.- Le dijo aquel niño

Una nostalgia juvenil punzante la invadía, la misma que sentía desde que este sueño se repetía con frecuencia, y desde cuando se había trasladado al lumbral de los sueños.

 Angustiada por la sensación  Janet empezó a llorar enjugando sus lágrimas con las mangas de su vestido.

No pasó mucho rato hasta que una mano extendida, de alguien sentado desde al otro extremo del lumbral la despertó.

Este alguien, casi sin ruido, le pasó ligeramente la mano fresca por la cara. Janet se levanto de un salto. El sol ya se ponía detrás de su ventana y se había depositado sobre su rostro la sombra del tejado.

Era su madre quien musitando y como quien arrancando un dolor entre las llagas, le abrazo y dijo hija ponte tu abrigo y date prisa, tienes que ser fuerte tu padre está en el hospital…… 

Austera de un sueño despertó, en un cielo nuboso que recordaba tiempo de llover. La voz de un sueño abismal, presagiaba la ausencia de su padre, sin el son de sus palabras, ni su sonrisa placida. Vislumbre la escalera hacia el cielo se cerraba. Con el alma cercenada, un grito y empapada en llanto por el padre y amigo que se fue.